Marcos


Quizás haya sol. Pero sé que verlo dolería.
El tabaco comprime una vez más mi rostro, achico los ojos,
pito y voy bien adentro
contra el viento. Una resaca dulzona mimosa dulce redonda muscular
nórdica,
Ün ha estado aquí,
su vuelo volamos
anoche. Vodka electrónico y navegarla. Exquisito.
Y unos golpes en la puerta desmenuzan mi sonrisa. Pero es Marcos
y pasa.

Ve el trono de sexo ya seco y sin soltar
palabra
se sienta siente a un silencioso y quietito yo
fumando. Cruzamos la vista así.
Y cuando le tiendo el tabaco para marcarlo dentro,
para invitarlo a jugar,
no lo ve. Ni me ve. Nada ve. Y
tiemblo. Es un temblor serpenteante, un calor enfermo en los hombros
o el pecho.
"Fuera el día está hermoso" y se tapa la cara con su mano derecha, se
destapa. Marcos deja bullir un espasmo con su cara agotada en la mano.
Sé lo que viene. Nunca lo vi,
pero mis serpientes no mienten.

Llora. Es profundo el frío que siento en los huesos. Llora. Mis hombros se contorsionan como una enredadera al sol de enero.
Llora como un niño
de boca abierta, muriendo en bocanadas pegajosas.
Mueren sus gritos, se despedazan en garganta.
Sus músculos no le alcanzan.
Sus marcos.

Y le entrego todo mi silencio. Como un gato. Mirándolo.
Todos los días de nubes y olas y choques y metales y
pájaros desaparecidos. Todo mi silencio lo envuelve y
entiendo. Le doy
las gotas de lo mudo. Lo embalsaman, le mascan las heridas como arena, lo anestesian hasta babearse, chorrear su húmeda masa gris o lo que
mierda sea. Que se muera de silencio. Que para o aborte.
Océanos.

Siento el frío como abrazo de padre. Unos pasos descalzo y me pongo la campera,
enciendo otro tabaco.
Estoy seguro. Y firmemente
le sigo metiendo
todo mi silencio.
Pensé que verlo dolería.

Hay sol.