
Quizás haya sol. Pero sé que verlo dolería.
El tabaco tajea una vez más mi rostro, achico los ojos y voy bien adentro
contra el viento. Una resaca dulzona mimosa dulce redonda muscular
Ün ha estado aquí, su vuelo.
Y los golpes en la puerta agarran mi sonrisa. Marcos pasa.
Debió ver un trono de basura debió sentir sentarse frente a un sonriente espantapájaros
sin trabajo. Y cuando le tiendo un tabaco para marcarlo dentro, para invitarlo a jugar,
no lo ve. Ni me ve. Nada ve. Y
tiemblo. Es un temblor serpenteante, un calor enfermo en los hombros.
"Fuera el día está hermoso" y se tapa la cara con su mano derecha, se
destapa.
Marcos deja bullir un espasmo con su cara agotada en la mano. Sé lo que viene. Nunca lo vi, pero mis serpientes no mienten.
Llora. Es profundo el frío que siento en los huesos. Llora. Mis hombros se tuercen como una enredadera. Llora como un niño
de boca abierta, muriendo en bocanadas pegajosas. Mueren los gritos, se despedazan en garganta. Sus músculos no le alcanzan. Sus marcos.
Y le entrego todo mi silencio. Como un gato. Todos los días de nubes y olas y choques y metales y pájaros escasos. Todo mi silencio lo envuelve y
entiendo. Le doy
las gotas de lo mudo. Lo embalsaman, le mascan las heridas como arena, lo anestesian hasta babearse, chorrear su húmeda masa gris o lo que
mierda sea.
Océanos.
Siento el frío como abrazo de padre. Unos pasos descalzo y me pongo la campera,
enciendo otro tabaco.
Estoy seguro. Y firmemente
le llevo todo mi silencio.
Pensé que verlo dolería.
Hay sol.